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domingo, 25 de septiembre de 2016

EL PAÍS DE LOS CUATRO TIEMPOS

TERCERA ESTACIÓN: NIVOSO
Cuatro estaciones era un extraño lugar, apenas llevaba un par de días caminando hacia el Sureste, y el frío empezaba a ser insoportable. Se puso la gruesa chaqueta de lana que le habían dado al partir, al ver los primeros indicios del invierno.
Observando el mapa se dio cuenta de que Nivoso estaba organizado en torno a 4 grandes caminos paralelos horizontales (10), mientras una amplia y salvaje región boscosa lindaba al norte con Brumario. El único punto de acceso era a través del camino inferior.
En la entrada, un guardián de aspecto adusto le preguntó a donde se dirigía:
-Vengo de parte del rey Alfonso el Sabio, necesito hablar con el abad de Nivoso.
El guardián la miró de un modo hosco pero la dejó pasar.

Los cuatro caminos de Nivoso resultaron ser cañadas para el pastoreo trashumante. Esta región, tan fría que apenas producía cultivos, estaba especializada en el ganado lanar. No era una tierra rica, pero el abad era un hombre de costumbres austeras y no les exigía grandes sacrificios a sus pastores.


A medida que avanzaba, Beatriz se iba cruzando con algodonosas ovejas blancas, y después de un rato, se dio cuenta de que todas ellas balaban en un tono similar, y su balido duraba un tiempo similar.
Pero lo más curioso, es que cuando se adentró en la segunda cañada, las ovejas que circulaban por ésta hacían lo mismo, pero en un tono superior al anterior, e igualmente ocurría con la tercera y la cuarta cañada.
Absorta como estaba en tan insólitas circunstancias, llegó sin darse cuenta a la puerta de la abadía, donde moraba el maestro Guido d´Arezzo (11). Se dirigió a la portería donde un pálido pero afable monje atendía a los visitantes y recogía limosnas. Beatriz le dijo que necesitaba hablar con el abad.
- No creo que eso sea posible, joven hermana, el abad se encuentra en este momento muy ocupado tratando de resolver un par de problemas que lo acucian.- respondió el religioso.
-¿Sería muy osado preguntar cuáles son esos problemas?- quiso saber la chica.
El monje dudó unos instantes, pero después de observar el atuendo pradialense debajo de la gruesa chaqueta de lana, accedió a responder.
-El primero y más antiguo de ellos es la resolución de un himno, está inacabado ya que le falta la última frase. Llevamos toda la vida oyendo las mismas frases entonadas una y otra vez por nuestras ovejas. Como habrás observado, en cada cañada balan a una altura tonal diferente.
A una señal del monje, las ovejas empezaron a balar ordenadamente, y en sus sonidos se adivinaban algo así como sílabas, que rezaban lo siguiente: 
Ut queant laxis
Resonare fibris
Mira gestorum
Solve polluti
Labii reatum
Aquí el himno se interrumpió, y el monje bajó la mirada, ligeramente abatido.
-Esta última frase trae de cabeza al abad, y a todo Nivoso, ya que estamos condenados a escuchar estas notas una y otra vez todos los días, sin poder concluir la canción ni entonar otra nueva.
Beatriz comprendió el tremendo hastío que tendría que suponer eso, pero siguió preguntando.
- ¿Y el segundo y más reciente problema cuál es?
- Más reciente y mucho más preocupante. Se trata del avance de la bilis negra, empieza a invadir los bosques del norte, los que lindan con Brumario. Si llegaran a las cañadas supondría la muerte de todas nuestras ovejas y la destrucción de Nivoso. – respondió el fraile visiblemente preocupado.
Beatriz se quedó callada, sintiendo que debía darse prisa en llegar a Brumario. Y en ese momento se dio cuenta de que unos balidos más cortos que los que había oído hasta ese momento sonaban en el interior de los bosques.
-¿Tenéis más ovejas fuera de las cañadas?- preguntó la muchacha.
El monje se persignó antes de responder misteriosamente.

- Son las ovejas negras, son diabólicas, por eso las encerramos a todas tras un cercado en los bosques.
- Pero… las ovejas negras no son diabólicas, simplemente tienen otro color de pelo. Como vos que sois moreno y yo rubia. – explicó Beatriz, que desconocía las supersticiosas costumbres de Nivoso.
El monje se horrorizó ante estas  palabras.
-Creo que no va a ser posible que semejante blasfema como vos se reúna con nuestro abad, que es un hombre santo.
Beatriz se asustó mucho al oír esto, y le suplicó que lo dejase verlo. Pero el fraile se mostró inflexible, cerrando ruidosamente la puerta de entrada.

La chica se sintió desolada al ver cómo su misión acababa nada más empezar. Debería volver a palacio derrotada y decepcionar al rey. No le gustaba la idea, pero esperaba que las otras piezas o trebejos de la misión tuvieran más pericia que ella, porque de lo contrario… estaban perdidos.
Se disponía a realizar el camino de vuelta hasta que se paró a pensar en las pobres ovejas negras, encerradas sin poder escapar de la bilis negra que las asediaba. Consideró que sería muy cruel por su parte no hacer nada por ellas, así que siguió sus balidos hasta dar con el cercado. Una vez allí les abrió la puerta sigilosamente. Pero todo el sigilo se rompió cuando las ovejas salieron en estampida, arrollando a la muchacha y emitiendo ruidosos balidos.
Beatriz, algo aturdida, trató de escapar o esconderse para que no descubrieran lo que había hecho, pero ya había alertado tanto a pastores como a monjes.

Las ovejas negras habían empezado a pisar y comer maleza de los bosques de un modo ordenado, y casi rectilíneo, cuando un grupo de pastores y monjes llegaron al lugar y descubrieron a Beatriz.
El monje portero la señaló gritando:
-¡Es una adoradora de Satán, ha liberado a las ovejas negras, ha de ser castigada!
Sin pensarlo dos veces, atraparon a la muchacha, y la ataron para llevarla presa. Beatriz gritaba y suplicaba, pero sabía que no le iban a hacer caso.

Todo este jaleo alertó al abad, que se dirigió al lugar del escándalo. Cuando apareció entre la multitud, todos se pararon y se callaron en señal de respeto.
-¿Qué está ocurriendo aquí?- preguntó muy serio.
- Padre- empezó a hablar el monje portero – esta bruja ha liberado a las ovejas negras, es una adoradora de Satán, que ha intentado convencerme de la inocencia de estos animales diabólicos.
-Dejad que ella se explique- ordenó el abad con fría serenidad.
- Padre Guido- dijo Beatriz muy angustiada- vengo de Pradial, de parte del rey Alfonso. No soy una bruja, he liberado a estas ovejas porque me daban pena.
-¿Eres consciente de que has liberado a las hijas del Demonio?- respondió el abad muy serio.
Beatriz, tal vez por su estado nervioso, o porque había sido educada en la racionalidad, no pudo evitar responder.
-No son hijas del demonio, son animales normales y corrientes, y usted como hombre sabio, debería saberlo.
Estas palabras escandalizaron tanto al abad como al resto de los presentes, y los campesinos y el portero empezaron a gritar.
-Sin duda es una bruja ¡encerrémosla para que no envenene nuestro ganado!
El abad los hizo callar con un nuevo gesto.
-No podemos caer en tal grado de impiedad sin conocer la verdad. Azotadla, si es una bruja, acabará confesando. Pero si no, estaríamos siendo injustos con una niña inocente.- dijo sin levantar la voz.
Los allí presentes se apresuraron a atarla a un árbol, y empezaron a rasgarle las vestiduras para azotar su espalda.
Con todo este desorden, todos habían olvidado a las ovejas negras, que, presurosas, habían abierto un nuevo camino superior, paralelo a las otras cuatro cañadas (12).

Mientras ataban a Beatriz a un árbol, las ovejas blancas avanzaron por esta nueva vía y se emplazaron en sus lugares correspondientes, lo mismo hicieron las negras situándose en las cinco cañadas. Los balidos de las blancas duraban el doble que los de las negras. Cuando estaban eligiendo la vara con que iban a azotar a Beatriz, los animales empezaron a balar, dejando a todos mudos.
Ut queant laxis
Resonare fibris
Mira gestorum
Solve polluti
Labii reatum
¡Sancte Ioannes! (13)
Las ovejas repitieron esta última frase una y otra vez “¡Sancte Ioannes, Sancte Ioannes, Sancte Ioannes, Sancte Ioannes…!”. Los habitantes de Nivoso interpretaron esto como un milagro de San Juan, y se arrepintieron de lo que estaban a punto de hacer.
-Alabado sea el señor- dijo con alivio el abad Guido d’Arezzo, su carácter flemático (14) le impedía mostrar excesivo entusiasmo – el himno está terminado.
Y todos los monjes y pastores de la región rompieron en alabanzas y bendiciones, porque al fin se habían liberado de tan repetida melodía.

Soltaron a Beatriz, pidiéndole piedad, como si fuera una santa, y ella los tuvo que ir bendiciendo uno a uno para que la dejaran tranquila. Lo que quería era hablar cuanto antes con el abad Guido.
-Padre, necesito hablar con vos- le dijo la niña.
El abad accedió y se dirigieron a su casa. Una vez allí el maestro Guido continuaba deseoso de ahondar en las novedades que había experimentado su himno. Se dio cuenta de que las ovejas negras (15) enriquecían las melodías al aportar menor duración a las notas, que cinco cañadas eran mejor que cuatro, y que un tono más alto que había ignorado, el Si, podría mejorar mucho sus salmos.
-Así es, padre- asintió Beatriz. En Pradial no les eran desconocidas tales nociones.
El abad estaba tan emocionado que se puso a escribir un nuevo himno, fruto de una intensa inspiración. Beatriz esperó paciente a que lo terminara.
No tardó mucho en soplar la tinta para que se secara y comentarle a la muchacha.
-Querida hija, sé que el Rey Alfonso te ha enviado a mí para que te concediera un don o merced. Hasta hace un momento no sabía ni quién eras ni qué debía entregarte, ahora lo tengo claro. Toma, este himno es para ti, veo que sabes tocar el laúd y que serás capaz de interpretarlo.
La chica lo recibió con una ilusionada reverencia.
-Muchas gracias, padre.- dijo ella.
El abad sonrió y le dijo:
-Y ahora, continúa tu camino, ve hacia el Norte, donde se encuentra Brumario, no hay tiempo que perder. Cuatro Tiempos necesita la ayuda de todos nosotros.
Beatriz se despidió y partió de nuevo, reconfortada por haber superado las dos primeras partidas. Le quedaba la tercera… que no era precisamente la más fácil.


(10) Representan en música al tetragrama medieval, paso previo al pentagrama.
(11)Guido de Arezzo,  fue un monje benedictino italiano, del s.XI. Desarrolló nuevas técnicas de enseñanza musical, incluyendo el tetragrama (pauta musical de cuatro líneas). Perfeccionó la escritura musical con el uso de líneas horizontales que fijaron alturas de sonido. Es también el responsable de los nombres de las notas musicales
(12)Sería la aparición del Pentagrama, aunque eso no ocurrió en época de Guido.
(13)Este himno es en el que se basó Guido para ponerle nombre a las notas, tomando la primera  sílaba de cada verso : Ut, Re, Mi Fa. Sol, La, Si. Posteriormente se cambió la palabra Ut, por Do, más fácil de pronunciar.
(14) La flema se relaciona con el carácter racional, calmado e indiferente.
(15) Las ovejas blancas representarían a las notas blancas, y las ovejas negras a las notas negras, que duran la mitad que las blancas. En época de Guido no había esta diferenciación.

viernes, 23 de septiembre de 2016

EL PAÍS DE LOS CUATRO TIEMPOS

SEGUNDA ESTACIÓN: FRUCTIDOR
Para llegar a Fructidor, la niña fue recogida por unos mercaderes que transportaban queso desde Pradial, y que la subieron a su carro. El calor ya se hacía palpable media legua antes.

Los mercaderes le fueron explicando que Fructidor era un territorio generado por la activa imaginación de su gobernanta, la Dama Hildegard (7).
- De algún modo, nuestra señora es capaz de proyectar sus visiones y pensamientos hasta darles forma material. No te asombres con nada de lo que vas a ver. También debes saber, que, sin ser mala, la Dama es colérica, y a veces proyecta visiones monstruosas cuando le rebosa la bilis amarilla (8). En principio siempre trata de enmendar sus errores, pero a veces la cólera se le va de las manos. No trata mal a sus campesinos, pero debido a la enorme riqueza de sus tierras los hace trabajar demasiado, aunque es cierto que todos viven en la abundancia.
Beatriz tomaba nota de las indicaciones de los mercaderes.

Fructidor estaba bordeado por una muralla de llamas, que se abrió para dejar pasar al carro de quesos. Beatriz les dio las gracias a los mercaderes y comenzó a caminar en busca de Hildegard. Enseguida se dio cuenta que dentro de la muralla no flotaba aire sino luminoso éter, en el cual fluctuaban esferas brillantes, que seguían un rumbo errático y extático. La tierra estaba cultivada con extensísimos campos de trigo, espelta y centeno, y con plantas medicinales y aromáticas. En algunos lugares abundaban libremente los helechos, que, como le explicó un lugareño era una planta que persigue a las malas visiones y desprecia a los espíritus malignos.
-Las magias y encantaciones de demonios, así como las palabras y otras visiones diabólicas, evitan a quien lleva un helecho con él. También ahuyenta al granizo y a las tormentas, tan abundantes en Fructidor, así que es muy útil para nuestros cultivos.- le indicó el campesino.
Beatriz estaba realmente fascinada con todos estos conocimientos, pero no debía despistarse de sus objetivos. Para llegar hasta la Dama, tenía que avanzar por un ondulante camino amarillo, como le había indicado otro agricultor.

En su recorrido se encontró con tres doncellas, estaban de pie sobre un manantial de agua muy pura, parecía que tuvieran en ella raíces, como las de los árboles que crecen en el agua. Una imagen fue envuelta por un resplandor purpúreo y la otra por una blancura deslumbrante, y la tercera tenía un rostro que resplandecía con tal claror que se reflejó sobre el rostro de Beatriz.
Se la quedaron mirando con una expresión casi vacía, como seres divinos conscientes de su divinidad. Pero Beatriz se dio cuenta de que miraron sus pies con envidia, y toda la libertad que le otorgaban.
Más adelante se topó con una colina de cinco picos, y en cada uno de estos había una bestia atada, una semejaba un perro de fuego, otra, un león cobrizo, otra un pálido caballo, la cuarta, un cerdo negro, y la última un lobo gris. Las bestias dormitaban en estado de alerta, así que Beatriz apuró su paso, temerosa de despertar la cólera de la Dama.

Pero lo más espeluznante se lo encontró al doblar la siguiente curva. En medio de unos campos de trigo podía ver a una mujer hecha de oro de cintura para arriba aunque sus piernas eran rojas. Del ombligo hasta el lugar donde se distingue la mujer, tenía numerosas manchas escamosas, y allí mismo había una monstruosa cabeza negra: ojos de fuego, y orejas como las de un asno, boca igual a la de un león, y enormes fauces abiertas en las que rechinaba pavorosamente sus colmillos acerados. De pronto, esa cabeza monstruosa se liberó del vientre de la mujer y se dejó caer en medio de los campos. Los campesinos que allí trabajaban huyeron aterrados, pidiendo compasión a la Dama.
De la cabeza empezó a surgir un cieno pestilente que inundaba los campos y una niebla hedionda esparcía la peste entre los campesinos, estos empezaron a lamentarse diciendo:
-Ay, ay, ¿qué podrá ser esto? ¡Ay desdichados de nosotros! ¿Quién nos ayudará, quién nos salvará?
Beatriz, a pesar de su terror, se acordó de lo que le había dicho el campesino acerca de los helechos “es una planta que persigue a las malas visiones”. Y empezó a arrancar unos cuantos para tirárselos a la bestia.
-¡Rápido, haced como yo hago!- les decía a los labriegos, pero éstos se limitaban a observarla horrorizados, rogándole que parase.
Ella no les hizo caso y le lanzó los helechos a la cabeza monstruosa, y esta empezó a desintegrarse entre pavorosos bramidos. Pero antes de que desapareciese de todo, un rayo fulminante acabó con la vida del monstruo. Beatriz quiso saber de dónde venía ese rayo, y se percató de que en medio de los campos se erguía una hermosa colina de hierro, en la que se abrían pequeñas ventanas por las que asomaban cabezas humanas. Allí moraban los habitantes de Fructidor. En la cima del monte se sentaba un ser resplandeciente.
Cuando los ojos de Beatriz se acostumbraron a la luz, pudo ver una poderosa Dama que vestía una túnica que parecía de seda blanca, sobre la cual llevaba un manto verde completamente adornado de rubíes. Estaba engalanada con joyas de oro fino con piedras preciosas engastadas. Hildegard empezó a hablar con gran ira.
-¿Quién eres tú, pequeña insolente, que te has atrevido a enfrentarte a mis bestias? ¿Acaso crees que carezco de la compasión necesaria para proteger a mi pueblo?
Beatriz se postró con humildad ante la Dama, diciendo:
-Discúlpeme, mi Señora, desconozco las costumbres de esta tierra y temí por la seguridad de todos nosotros, no sabía que vos estabais vigilante.
Hildegard se la quedó mirando y le dijo con rabia.
-Por tu atuendo percibo que eres un peón del reino de Pradial, ¿Crees que puedes ni siquiera soñar con conquistar mis tierras?
-¡Nada más lejos de mi intención, Señora, yo he sido enviada para….!
Pero Hildegard ya no la escuchaba, a su lado empezó a formarse un unicornio rojo como la furia (9), y la Dama lo envió para atacar a la niña. El animal dio dos grandes saltos formando un ángulo recto, dispuesto a ensartar a Beatriz, pero cuando se encontró al lado de la muchacha, el equino perdió de pronto toda su rabia, y se volvió dócil como un cordero, bajando la cabeza para que ésta lo acariciase. Beatriz, algo temerosa, le pasó su mano por la testuz, mientras el animal resoplaba agradecido.
Hildegard se extrañó al observar esto, y comentó.
- Qué hecho más excepcional, si bien es cierto que el unicornio se amansa ante la dulzura de las doncellas, solo acostumbra a hacerlo con las mujeres nobles, no con las campesinas, y tú eres un peón.
Beatriz asintió.
-Esto solo puede ser una señal,- continuó Hildegard- sube a lo alto de mi colina, por favor, siento que en breve un nuevo éxtasis se va a apropiar de mí, trayendo un mensaje divino.
Beatriz hizo lo que le ordenaba. Hildegard sacó su arpa, y con una expresión arrebatada empezó a cantar:
“Ay de la insana serpiente que emponzoña las tierras con su negro veneno.
Ama la belleza de la inocencia y la odia con toda su alma.
Llevará a su morada a un coro de ángeles, y allí lo hará cantar,
arrobándose con su luminoso acento.
Mas, ay del que se fía del Dragón,
pues la bestia atacará con afiladas fauces.
Para salvarse, la elegida deberá recitar las palabras del santo,
y acompañarlas con el regio presente.
Y cuando la Bestia se calme, cubrirá sus sienes con femenino remedio,
Así el monstruo demente abandonará su carnal morada,
y de nuevo reinará la armonía”
Al acabar de cantar, Hildegard se veía extenuada y perlada en sudor. Beatriz se le acercó diciendo:
-Señora, no tenéis buena cara, deberíais descansar.
-Descansaré cuando te haya dado lo que has venido a buscar, acompáñame.- respondió la Dama.
Bajo sus pies abrió una imperceptible trampilla que se encontraba en la misma colina, y bajaron por unas escalerillas a la morada de Hildegard. La llevó hasta su sala de los remedios, donde podían verse desde maderas sanadoras, plantas medicinales
, ungüentos, y alambiques en los que se destilaban diferentes esencias. Hildegard amasó harina de espelta y bayas de laurel, guardó la pasta en una bolsa de cuero y se la entregó a Beatriz.


- Ten, te hará falta. Y le darás uso cuando así sea. Mucha suerte pequeña- dijo desplomándose en un mullido sillón.

Beatriz recogió  el saquito inclinando la cabeza, y partió de nuevo. Debía llegar cuanto antes a las tierras invernales.

(7)Santa Hildegard von Bingen  fue abadesalíder monacalmística, profetisamédicacompositora y escritora alemana, en pleno siglo XII. Destaca
por su obra musical, médica, y religiosa. Se la considera una de las personalidades más influyentes de la Baja Edad Media.  Toda su vida sufrió visiones, que ella atribuía a mensajes divinos. Todas las imágenes fantásticas de este capítulo, están basadas en éstas.

(8) Según la Teoría de los Cuatro Humores, la Bilis amarilla se relaciona con el carácter fácil de enojar, irascible.

(9) El Unicornio en este relato, representa al Caballo en el juego del ajedrez. Según las leyendas medievales, los unicornios sólo se acercaban a las doncellas, y ésta era la manera de cazarlos.

jueves, 15 de septiembre de 2016

EL PAÍS DE LOS CUATRO TIEMPOS

PRIMERA ESTACIÓN: PRADIAL


A Beatriz le gustaba su tierra. Como cualquier niña o niño de 10 años, se sentía feliz en el campo, y en Pradial el verdor lo ocupaba todo. Era un reino tan rico en pastos, que su prosperidad se basaba en la ganadería. Rollizas reses doradas moteaban de ocre los prados frescos, y sus ubres generosas producían leche y quesos, que vendían a las otras tres regiones en las que estaba dividido el territorio: Fructidor, Brumario y Nivoso. Los cuatro conformaban el llamado País de los Cuatro Tiempos1.

Pradial destacaba por ser tan húmedo y cálido como la sangre2. De hecho, había numerosos manantiales subterráneos de color rojizo (tal vez por la abundancia de arcilla) que se parecían a un intricado entramado de venas y capilares.

Este reino disfrutaba de un buen gobernante, Alfonso, llamado el Sabio3. Si bien es cierto que sus súbditos le debían un tributo en forma de carne y lácteos, éste nunca resultaba abusivo, y se adaptaba a las circunstancias,

El terreno de Pradial estaba dividido en cuadrículas o parcelas, y cada una de éstas pertenecía a una familia o clan familiar. En ellas había extensos pastos para el ganado y bosques comunales. Los poblados contaban con horno y molino de uso público y acostumbraban a tejer sus propias ropas en telares domésticos.
El rey Alfonso solía realizar un buen uso de los impuestos, haciendo cumplir leyes justas con unas buenas Asambleas Judiciales, manteniendo las infraestructuras en buen estado, y protegiendo a sus campesinos del peligro de los caminos con los fieles vigilantes de las Hermandades.

Pero además era un rey atípico por una excelente cualidad, quería que sus siervos fuesen personas instruidas, y para eso creó numerosas academias en las que podían aprender a leer, escribir, recitar, cantar y tocar algún instrumento.
En efecto, casi todos los habitantes de Pradial sabían tocar algo, ya fuese la trompa, rebec, cítara, zanfona, gaita, o, como en el caso de Beatriz, el laúd. De hecho, Pradial era célebre por sus Cantigas, tanto las populares como las creadas en la Corte del Rey. Las había de amor, religiosas, o las preferidas del pueblo: las de escarnio y maldecir4.
Estos conocimientos no eran obligatorios, no obstante, todos debían aprender a jugar al ajedrez, ya que era muy necesario para sobrevivir en Cuatro Tiempos.

Beatriz vivía con su familia materna, y también con su madre, Elvira, una aún lozana mujer de brillante melena, vivos ojos claros y respuesta rápida. Tocaba muy bien el arpa, y entonaba con una voz intensa y bien modulada. De hecho, por este motivo, muchas veces la habían llamado al Palacio del Rey para amenizar fiestas y banquetes cortesanos.

El padre de Beatriz había muerto siendo ella muy pequeña, al menos eso le habían dicho. Lo cierto es que la familia de la niña vivía en una de las mejores parcelas del reino, y su ganado gordo y apacible rara vez enfermaba. Sus terrenos estaban cruzados por un río claro muy rico en pesca, y en la cercana academia daba clases el célebre trovador Airas Nunes5 y el rabino Avenara el Grande, gran maestro de ajedrez. Esta parcela había sido una concesión del monarca a la familia de Beatriz, al poco tiempo de nacer la niña.

Beatriz había heredado las cualidades físicas y musicales de su madre, si bien tenía una voz menos intensa pero más profunda, y un aspecto sano, aunque también delicado. A mayores, destacaba en las clases de ajedrez, mostrando una gran capacidad para la estrategia y el juego táctico.
Era muy buena en ambas disciplinas, demasiado, por eso sus profesores pensaron que tal vez debería trasladarse a Palacio, para mejorar su instrucción, y pasar a formar parte de los músicos de la Corte.
Su familia estuvo de acuerdo con esta decisión, les daba mucha pena que Beatriz se fuese de casa, pero sabían que era una magnífica oportunidad para una niña tan lista.

El día de su partida, la madre entre lágrimas, pero mostrando una gran entereza, le entregó un hatillo con sus humildes pertenencias y le dijo:
-Beatriz, ya has vivido 10 años con tu madre, ahora te toca ir a la morada de tu señor. Es un hombre justo y te tratará bien. Te visitaremos siempre que podamos, al igual que tú a nosotros.

Y en el mes de mayo (aunque en Pradial siempre era mayo), Beatriz partió hacia Palacio acompañada de sus dos maestros. El castillo del Rey Alfonso se divisaba desde todos los puntos de la región, como una mole serena y familiar, coronada de almenas.
Una vez allí, la niña no decepcionó a nadie. Avanzaba en sus estudios con rapidez porque mostraba un gran interés, y se llevaba bien con los otros niños y niñas de la orquesta y el coro infantil. Aunque, siempre que las clases se lo permitían, bajaba a los prados a acariciar a las reses, o a las cuadras a hablar con los campesinos, que la dejaban ordeñar sus vacas. En palacio nunca se opusieron a esto, pues le parecían costumbres que mantenían intacto el brillo natural de los ojos de Beatriz.

Pasados unos meses, el Rey, al que le gustaba supervisar personalmente su escuela de músicos, empezó a fijarse en la niña. A ella le daba la impresión de que se conocían. En alguna ocasión se quedó para oírla cantar y tocar el laúd, y al acabar, percibió en su mirada como una chispa de satisfecho orgullo. También estuvo presente en alguna de sus clases de ajedrez, pero en este caso se mostró más serio, como si estuviera reflexionando algo, y al acabar la partida, intercambió algunas palabras en sefardí con Avenara el Grande. Beatriz no entendió lo que decía, pero sabía que hablaban de ella por el modo en que la miraban. Desde ese día, Avenara puso especial empeño en que la niña mejorase su juego, y ella también se esforzó mucho para que así fuese.

Al cabo de dos años Beatriz ya estaba lista para debutar en la orquesta de Palacio.
Sin embargo, cuando faltaba menos de un mes para tal acontecimiento, algo muy grave empezó a suceder en Cuatro Tiempos.
Una mañana se despertaron con la cabeza embotada, y respirando con dificultad. El aire era muy denso y parecía que flotaba una neblina gris que oscurecía el paisaje. El agua de los ríos también se veía turbia, y algunos de los peces empezaron a flotar boca arriba, emponzoñando un poco más esa agua insana. Estos signos de alarma se acentuaron cuando un nervioso ganadero llegó a Palacio llevando un cubo con un líquido tan negro como la brea, diciendo que así estaba saliendo el agua de la fuente donde abrevaba su ganado.
Estaba claro que ese era un problema grave, y el rey reunió a su Consejo. Durante unos días, Beatriz vio ir y venir a numerosos cortesanos por los pasillos de Palacio, con expresión muy preocupada, y sus maestros se mostraban también distraídos e irascibles.

Al cabo de una semana, una mañana muy temprano, una de las damas de la corte llamó a la habitación de Beatriz y le pidió que se presentase ante el Rey cuanto antes. Tal acontecimiento era tan insólito que la niña se puso muy nerviosa. Se aseó y vistió con rapidez, y acompañó a la dama hasta el salón del trono. Allí la esperaban el monarca y su maestro Avenara sentados en torno a una mesa con un mapa en el centro.
-Buenos días Beatriz, haz el favor de tomar asiento – le dijo amablemente su maestro, aunque su mirada expresaba preocupación.
La chica hizo una tímida reverencia, se sentó dócilmente, y se les quedó mirando sin atreverse a decir nada.

El rey Alfonso, poco preocupado por formalismos, le expuso la situación.
-Para que entiendas por qué te he hecho llamar, antes debo explicarte este mapa que tenemos delante.
Ella se inclinó para verlo mejor.

-Esto que aquí ves, es el mapa de todo Cuatro Tiempos. Como puedes observar, tiene forma cuadrada, y el Reino de Pradial, la tierra de la Primavera, se encuentra en el extremo inferior derecho - dijo señalándolo- Sobre nosotros se encuentra Fructidor, la región del verano, administrada por la Gran Dama Hildegard von Bingen. A nuestra izquierda está Nivoso, la tierra invernal, gobernada por el Abad Guido d´Arezzo… y por último, Brumario, en el noroeste, las tierras otoñales… tiranizadas por un temible noble, Drago el Sombrío, que vive en la Torre Negra. 6

Beatriz asintió, había oído hablar de todas estas regiones, pero hasta ese día las sentía como leyendas lejanas.
-Estos cuatro territorios suelen convivir en paz, todos buscamos la armonía en la medida de lo posible… menos Drago, aunque suele respetarnos porque ama profundamente la música y admira la capacidad para componer que tenemos tanto yo, como Hildegard y Guido.

Alfonso hizo una pausa, preparando lo que venía a continuación.
-Pues bien, Drago ha roto esta armonía. La bilis negra que lo domina, se ha apoderado de él y sus dominios, y pretende extenderla a las otras tres regiones. Algunas de las fuentes de Pradial ya han sido contaminadas, y si no lo paramos, invadirá nuestras alegres tierras llenándolas de caos y oscuridad. Por suerte, en Cuatro Tiempos carecemos de soldados y armas, y en estos casos recurrimos a otro tipo de talentos. ¿Qué es lo más parecido a una batalla que conoces, Beatriz?

-¿Una partida de ajedrez?- respondió la chica, tímidamente pero sin tardanza.

El rey miró satisfecho a Avenara, que asintió confirmando.
-Exacto Beatriz, y en esta partida que Pradial tiene que jugar, necesitamos varias piezas o trebejos, y me gustaría que tú fueras uno de ellos. ¿Te imaginas qué papel juegas en esta partida?- le preguntó de nuevo el monarca.
-Supongo que no puedo ser otra cosa que un peón, majestad.- respondió humildemente la chica.

-Así es- respondió Alfonso, y añadió con una expresión entre orgullosa y apenada- sé que eres muy joven, pero muestras un talento asombroso que puede suplir tu falta de experiencia. El rey señaló de nuevo el mapa.

Observa, deberás partir a un largo viaje, a paso lento y prudente porque como peón no puedes avanzar rápido, y tendrás tu propia misión: primero deberás dirigirte a Fructidor, donde tendrás que ganarte el favor de la Dama Hildegard, luego a Nivoso y recibir ayuda y consejo del abad Guido. Has de tener cuidado ya en estos territorios, ya que cada uno posee sus propios trebejos, y tú puedes resultar molesta, y si es así, no dudarán en eliminarte.

Beatriz se estremeció, y el rey, saltándose el protocolo la acarició en un hombro.
-Sé que es peligroso, pero no te haría llamar si no te creyese capaz de superar estas pruebas… aunque ahora viene lo peor. Una vez recibida la ayuda de la Dama y el Abad, deberás adentrarte en Brumario… buscar la Torre Negra y tratar de derrotar a Drago. Lo bueno de esta misión, es que si eres capaz de llegar a los lindes de Brumario, promocionarás a Dama. Lo malo de la misión… bueno, ya sabes que pasa en una partida de ajedrez cuando una pieza se expone demasiado.

A Beatriz se le llenaron los ojos de lágrimas, hasta que el rey le dijo.
-Beatriz, no es necesario que te expongas, cuento con más trebejos en el juego, aunque lo más probable es que no os encontréis. Cada uno tiene sus propios movimientos. A ti te he escogido porque sabes ser metódica, cauta y estratega. Así que no te arriesgues más de lo imprescindible.

La chica se sintió reconfortada por estas palabras. Había aprendido mucho en esos dos años en Palacio, sabía resolver multitud de problemas con velocidad, y era una muchacha fuerte, tanto física como mentalmente. Un Rey como Alfonso no buscaba carne de cañón, sino colaboradores eficaces. Así que sonrió con determinación.

El Rey se alegró al ver esta actitud, confiaba en ella, y aún tenía que hacerle entrega de una merced. Sobre un soporte se podía ver un bello laúd tallado. Alfonso lo cogió y se lo ofreció.
-El mejor luthier del reino ha estado un año trabajando en él, está adaptado a tus hechuras y estilo. Quiero que te lo lleves en esta misión, te hará falta.
Beatriz recogió el presente muy ilusionada, y empezó a tocarlo, sonaba como ningún otro. A continuación, el monarca enrolló el mapa y también se lo entregó.

-Te será muy útil en este viaje- le dijo, e inesperadamente le dio un fuerte abrazo y añadió- ve al cuarto de la derecha, alguien te espera allí.

Beatriz, algo aturdida, se despidió de su maestro Avenara y se dirigió a ese lugar. Al abrir la puerta se le saltaron las lágrimas al ver a su madre avanzando emocionada hacia ella.
-He venido a despedirme- le dijo- no temas, eres muy fuerte, has salido a mí, y muy inteligente como tu padre. Yo estaré bien porque sé de lo que eres capaz.
Beatriz asintió y replicó:
-Te prometo que volveré sana y salva, pero tengo que hacer mi parte del trabajo para que todos estemos bien.
Elvira sacudió la cabeza afirmativamente y volvió a abrazarla.








1. Basado en el Ajedrez de las Cuatro Estaciones: una variante del juego, descrita en el Libro de los Juegos de Alfonso X el Sabio. Consiste en un enfrentamiento entre cuatro jugadores, representando cada uno una estación, elemento y humor. El verde representa la primavera, el aire y la sangre (Pradial). El rojo representa el verano, el fuego y la bilis amarilla (Fructidor). El negro representa el otoño, la tierra, y la bilis negra (Brumario). El blanco representa el invierno, el agua y la flema (Nivoso).

2 La teoría de los cuatro humores, fue una teoría acerca del cuerpo humano de la Antigüedad y la Edad Media. Esta teoría mantiene que el cuerpo humano está compuesto de cuatro sustancias básicas, llamadas humores (líquidos), cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. La sangre era uno de éstos, se la relacionaba con el carácter valiente, esperanzado y amoroso.

3. Alfonso X de Castilla, llamado «el Sabio» fue rey de Castilla entre 1252 y 1284. Es reconocido por la obra literaria, científica, histórica y jurídica realizada por su escritorio real. Alfonso X patrocinó, supervisó y, a menudo, participó con su propia escritura en la composición de una enorme obra literaria en colaboración con un conjunto de intelectuales latinos, hebreos e islámicos conocido como Escuela de Traductores de Toledo. Elaboró de su pluma, las Cantigas de Santa María y otros versos. También patrocinó el Libro de los Juegos, uno de los documentos más importantes para la investigación de los juegos de mesa, incluido el ajedrez.

4. Las Cantigas de Santa María constituían el cancionero religioso medieval de la literatura galaico-portuguesa, pero en el cancionero profano destacaban las Cantigas de Amigo (canciones de amor narradas por una mujer), Cantigas de Amor (narradas por un hombre) y las de Escarnio y Maldecir (cantigas críticas y burlescas).

5. Airas Nunes fue un clérigo y trovador de la segunda mitad del siglo XIII, nacido en el Reino de Galicia,

6. Cada uno representaría a una pieza del ajedrez: Alfonso, el Rey; Hildegard, la Dama o Reina; Guido, el Alfil, y Drago, la Torre.