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miércoles, 18 de agosto de 2010

A un dios borracho

"No hay que entregarle el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas más fuertes se hacen, hasta que huyen al bosque o se suben volando a un árbol. Si te entregas a una criatura salvaje, terminarás con la mirada fija en el cielo" (Truman Capote)



No puedo seguir tu paso de liebre, avanzas a enormes saltos, tienes arrebatos de genialidad volcánica que te hacen ascender hasta los cielos, donde te reúnes con los otros dioses borrachos. Os recostáis en vuestra nube de vapor de vino y os embriagáis de vosotros mismos.

Yo camino con los pies pegados al suelo, con raíces que me nacen en los pies a cada paso. Pero todos los días avanzo un poco, mientras observo desde abajo cómo te intoxicas con placeres que le dan brillo a tu áura encarnada. Mientras tanto, yo me introduzco en las grutas, buceo en los pantanos y hago galerías en la tierra.

Pero un día tu nube se quiebra, y pasas del cielo al subsuelo, repleto de tus viejos demonios. Me miras con ojos de orgulloso animal herido, y yo, como te quiero, te tiendo la mano, creyendo que jamás podré subir a alguien de tu peso. Sin embargo me sorprendo al ver que la confianza que tienes en mí te hace ligero, no me cuesta nada ayudarte a salir de tu pozo de alquitrán.
Y por un momento estamos los dos juntos, y entrelazamos nuestras venas; las tuyas ardiendo pero vacías, las mías heladas pero rebosantes. Calientas el agua de pantano que me circula por ellas hasta convertirla en leche tibia, al mismo tiempo que succionas parte de mis fluidos.
Después me dejas porque necesitas desplegar tus alas de águila y volver a tu Olimpo de Mala Muerte.
Te veo marchar, y me gustaría ir contigo, pero tú me observas desde lo alto con una sonrisa de burla cariñosa, te ríes de mis alas de mosca como se ríe un niño pequeño de los viejos y sus límites. Y yo me escondo de tu mirada, dolida, pero no enfadada, porque no me debes nada.

No sé volar, no se correr; pero sé bucear, y puedo decir que alguna vez buceé en tu sangre hasta lamerte el corazón.

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